
El autor, Carlos María de Heredia, hijo de un personaje rico en influyente en su época y su sociedad, nació en Méjico en 1872 y murió en la misma ciudad en 1951. Se ordenó jesuita y dedicó gran parte de su vida al estudio de la figura de Jesucristo, así como a desenmascarar los fraudes del espiritismo. A lo largo de su vida escribió alguna novela más, también poco conocidas al menos en este lado del charco, y colaboró con distintas revistas y periódicos redactando artículos.
Me parece un dato a destacar el hecho de que este hombre, que fue un gran perseguidor del espiritismo, un escéptico de los asuntos paranormales, creyera sin embargo firmemente en los milagros, en la Santísima Trinidad, en el cielo y en el infierno. No deja de ser curiosa la forma en que una mente inteligente diferencia entre un tipo de creencias y otras.
Cuando empecé a leer esta novela, como suele hacer nuestra mente, que siempre busca referencias comparativas, me vino a la cabeza la serie de J.J. Benítez titulada “Caballo de Troya”; naturalmente no es igual, de hecho no hay comparación más allá de la temática, pero algo me dice que J.J. leyó este libro antes de escribir su famosa saga. En ésta, sin embargo, el autor se cuida muy mucho de diferenciar lo que es ficción de lo que no, por lo menos para él (porque lógicamente sus creencias aparecen como verdades absolutas).
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