Novelón biográfico sobre la vida de Lucio Cornelio Sila, dividido en 3 libros distribuidos en 748 páginas con poco margen a los lados, arriba y abajo, apenas interlineado y letra tan diminuta (tamaño 9 de Times New Roman si no me equivoco) que ni con las gafas de lectura parecía aumentar, ¡casi nada! Sin embargo, no le quitaría ni una coma ni, por supuesto, una letra. Cuando lo cogí por primera vez, lo abrí y vi esa letra inhumana me pregunté con cierta desazón cuánto me costaría leerlo, ahora que lo suelto (sorprendentemente sólo dos semanas después y eso con todo el lío de las fiestas navideñas por medio) con cierta tristeza porque haya terminado, me doy cuenta que se me ha hecho corto.Al principio me chocaron mucho los “argentinismos”, y así por ejemplo, que Sila se corriese al pasar una carreta cargada con palas, o que “[...] Desenredándose la cadena del cuello, se corrió hasta quedar parado delante del rey. La corte estaba pasmada, igual que los romanos [...]”, me dejó igual de pasmada que a la corte y a los romanos si se me permite la apreciación. Pero luego reparé en que para hacer una historia más cercana y comprensible el texto debe estar adecuado a la actualidad y el entorno del lector, por lo que al ser el escritor argentino y por supuesto no estar traducido, los giros y expresiones del texto eran absolutamente normales. Otro punto muy argentino que he notado es la gran importancia que da a la amistad entre los varones de la historia, algo que cualquiera que tenga un amigo platense conocerá sin duda. De todos modos, tras llevar unas cuantas páginas leídas, me había enganchado tanto que cualquier cosa que no fuese la misma historia era lo de menos.
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La autora, novelista irlandesa que nació en el siglo XIX y sobrevivió hasta el XX, vivió algunos años en España adquiriendo de ese modo sus amplios conocimientos sobre la realidad e historia españolas.Este libro que reseño versa sobre Ana de Mendoza y de la Cerda, condesa de Mélito, duquesa de Pastrana y princesa de Éboli, título este último que nunca le agradó por ser extranjero y considerarlo ridículo ya que en España príncipes y princesas sólo podían ser miembros de la familia real.
Corral ha manejado –según afirma- más de 300 títulos para la elaboración de esta obra y yo, desconsiderada, me la he leído de un tirón, como si de una novela cualquiera se tratase. Pero es que yo desconocía que le había costado tanto esfuerzo parirla hasta el final del libro, cuando él lo explica en una nota de autor; si lo hubiera sabido le habría intentado dedicar más tiempo.

