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El secreto de Sofonisba, de Lorenzo de Médici


La acción se sitúa en el año 1624, cuando un todavía joven Anton Van Dyck, alumno de Rubens, está obsesionado por conocer a Sofonisba Anguissola, pintora de gran renombre en esa época en la que las mujeres estaban aún más relegadas que en ésta, y famosa además de por su arte por sus extraordinarias vivencias.

Anton le escribe solicitándole que le reciba, y ella accede. Cuando se produce el encuentro, entre él y Sofonisba, que es ya nonagenaria y está prácticamente ciega, se produce una espontánea corriente de simpatía que va creciendo hacia el afecto con las frecuentes visitas de éste a la anciana.


A lo largo de las entrevistas que mantienen ella le cuenta los episodios que va recordando de su vida; cómo y por qué dejó su casa y a su familia para irse a la corte española de Felipe II como dama de Isabel de Valois primero, y como educadora de sus hijos tras la muerte de la reina; los personajes famosos que conoció, como el genial Miguel Ángel; los pedidos que recibió, como un autorretrato que le solicitó el Papa Pío IV; las traiciones y trampas que sufrió. Responde a todas sus preguntas y le narra todo aquello que recuerda, excepto un secreto que ha guardado durante años, desde 1564.

La Sombra del Faraón, de Santiago Morata, por Jorge Ferraro


Paradójicamente, La sombra del Faraón echa luz sobre un ciclo caracterizado por la ausencia de información. Se trata de acontecimientos y pormenores del antiguo Egipto que, aunque en su momento fueron registrados, más adelante los mismos protagonistas se ocuparon de borrar.
Así lo aclara su autor, el excelente escritor español Santiago Morata, quien desde el comienzo de este, su segundo libro, nos mete de cabeza y "sin anestesia" en un fascinante escenario, mil trescientos años antes de Cristo, recreado con el color, la precisión y el realismo propio de las mejores novelas históricas.
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Tierra Firme, de Matilde Asensi

Esta vez no ha sido mi tendencia masoquista a seguir comprando libros de esta escritora, que no termina de convencerme, la que me ha llevado a leer esta novela, sino que me la han traído los Reyes en casa de mamá. Nada más abrir el paquete y ver el título, mientras emitía los esperados gestos y comentarios de complacencia y agradecimiento, me encontré pensando que mira tú por dónde al final sí que me iba a leer otro libro suyo.

Y, para cumplir debidamente con la tarea que me he autoimpuesto de exponeros con sinceridad el poso que me dejan los libros que leo, antes de continuar debo reconocer que ésta es diferente a las demás suyas que he leído y algo mejor. El argumento es bastante más original que los de sus precedentes, la trama está mejor hilada, los personajes están mejor pincelados, los misterios y sus resoluciones son más creíbles, no aparecen por ninguna parte códices secretos ni organizaciones mundiales poderosas y destructivas, y el final no es apresurado ni fantástico. No obstante (jeje, me viene a la cabeza una peli en la que cada vez que el juez decía “no obstante” cambiaba la opción del acusado de inocente a condenado y viceversa, ¿cómo se llamaba?), como decía, no obstante, ni el argumento es original, ni la trama está del todo conseguida, ni los personajes tienen demasiada personalidad, ni los misterios y sus resoluciones son insólitos, ni el final es sorprendente. En fin, que mejoramos pero sin echar cohetes.

De niña, en cuanto mi padre comenzaba a declamar poesía, esos poemas que recitaba de memoria, improvisando sobre la marcha y sin perder ripio cuando olvidaba alguna estrofa (siempre las mismas, qué curiosa es la memoria), corría a coger mi asiento favorito en la primera fila –esto es, en sus rodillas- o, si éste ya estaba ocupado por la primera dama de la obra de su vida –mi madre-, que nos deleitaba acompañándole a dos voces en ocasiones, me contentaba con el palco lateral derecho –en un brazo de su sillón; en el otro se colocaba mi hermano-. Mientras les escuchaba embelesada mil emociones me recorrían: lloraba y reía con las miserias y el estoicismo de El Piyayo, “un viejecillo renegro, reseco y chicuelo; la mirada de gallo pendenciero y hocico de raposo tifioso..., que pide limosna por tangos y maldice cantando fandangos gangosos...”, conjeturaba sobre las caricias imaginadas escondidas tras las frases de amor del Tenorio, vibraba con los sueños de Machado, o me divertía imaginando que era yo quien esquivaba las estocadas dialécticas de Quevedo.
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Después me refugiaba en la soledad de mi habitación con “ese” libro, un tomo muy gordo y muy gastado con las “mil mejores poesías de la lengua castellana”, a salvo de las mofas de mi hermano pequeño –una cruz difícil de portar por aquel entonces- pero, desgraciadamente, sin protección alguna frente a mi propia valoración. Allí practicaba en voz alta, pretendiendo emularles, y sintiendo, como si de una herida física se tratara, que jamás llegaría a hacerlo bien. Por más que lo intentaba no conseguía emocionarme cuando era yo quien leía poemas. Mientras él iba declamando, lágrimas osadas inundaban su mirada, a su boca asomaban pícaras sonrisas, su voz se tornaba grave o aflautada o suplicante según el carácter serio, alegre, o dramático del argumento. Yo nunca lo logré. Tal vez por eso, desde que él me falta, jamás he vuelto a abrir un libro de poesía, aunque me sigue encantando escucharla.
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Y tal vez por eso también ésta ha sido la novela que menos me ha gustado de Borrell, que en absoluto quiere decir que no me haya gustado, sino que me han gustado más las otras. Porque muchos de sus diálogos están escritos en verso y, en mi torpe intento de declamar con ritmo, de sorprender la belleza de la rima, me pierdo en el proceso desvinculándome de la historia.
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“Londres, 1817. Tras la derrota de Napoleón, la paz vuelve a reinar en Europa. Charles y Mélanie Fraser, que se conocieron en la guerra de Independencia española, han cambiado sus aventuras bélicas por la elegante aristocracia británica. Sin embargo, la muerte de Francisco Soro, un antiguo compañero de armas, les pone sobre la pista de una misteriosa sociedad llamada la Liga de Elsinore. Las últimas palabras de éste relacionan a la Liga con el padre de Charles, a cuya boda con la joven Honoria Talbot acude la pareja. Todos se verán involucrados al aparecer asesinada la novia...”

Este texto citado arriba está extraído de la contraportada del libro y describe muy bien, sin desvelar más de lo necesario, la trama argumental de la novela. Una novela ésta que ha sido clasificada en algunos establecimientos como histórica. Yo diría, y como ésta es mi reseña lo digo, que se trata de una novela de misterio e intriga, de aventuras, romántica, tal vez un poco de cada, o un poco de todo menos histórica lo que se dice histórica; aunque está ambientada en un período histórico concreto y se basa, para dar sentido a las habilidades y conocidos de los protagonistas, en un hecho histórico determinado.
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Novela corta de fácil lectura que, en líneas generales, ayuda a pasar un rato entretenido. La autora nos cuenta, en primera persona en el prólogo, que es solicitada su presencia para examinar un manuscrito, dividido en tres cuadernos, del primer tercio del siglo XVIII encontrado entre los artículos de la herencia de una descendiente de un pintor de bodegones, y que, una vez autenticado, lo tradujo y adaptó para imprimirlo como novela. Ya comenzada la lectura de la historia en sí, es el propio protagonista el que, como pinceladas de sus recuerdos, desde sus setenta y un años de edad y al borde de la muerte, narra sus avatares de cuando era apenas un crío desde que descubre su afición a la pintura, pasando por cuando consigue un puesto como discípulo del maestro pintor Rembrandt, hasta la muerte de éste, también en primera persona.
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No sé por qué se me había metido en la cabeza que era ésta una autora de novelas románticas; es decir, de ésas que, adornadas con toques de otras temáticas algunas y otras prescindiendo de ellos, se centran en la acción amorosa y amatoria de dos o más personas (normalmente más de dos para crear intrigantes triángulos). Y quizá sea así, la verdad es que no lo sé porque creo que no he leído ninguna otra novela de ella y por los títulos no soy capaz de discernir si lo es o no. El caso es que ésta no lo es, romántica a secas, quiero decir.
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Nunca había leído ninguna obra de este autor, no porque fuera un reto ni nada por el estilo sino porque siempre me ha parecido poco verosímil lo prolífico que resulta este hombre escribiendo. Así que estaba el otro día en el supermercado, como de costumbre echando un vistazo a la sección de libros, cuando, entre otros, vi esta novelilla que me pareció suficientemente corta, por si no me gustaba, y suficientemente barata (5€) por el mismo motivo, y me decidí a añadirla a la pila que ya levaba en el carrito de ejemplares en ediciones de bolsillo.
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Acabo de terminar esta novelilla corta, incrustada entre la lectura de otras dos obras algo más farragosas, a la vez que más interesantes también. Debo ser masoquista, o sufrir falta de memoria, en lo que a esta autora se refiere porque siempre que termino una novela suya me queda un regustillo a novela pobre en argumento, con trama infantil, repetitiva en estructura, con personajes flojos y arquetípicos y finales apresurados, y sin embargo continúo picando. De todas las que tiene publicadas ya sólo me quedan tres por leer ("Peregrinatio", "Todo bajo el cielo" y "Tierra firme") y, visto lo visto, me atrevo asegurar que las leeré.
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Para comenzar diré que son dos estupendos libros, entretenidos, divertidos y con los que se aprende además de pasar excelentes ratos. Cada vez me gusta más este autor, lástima que tenga tan pocas novelas publicadas en castellano, y que no se me de bien el valenciano, porque ya sólo me quedan dos por leer.
Cada una de estas novelas cuenta una historia independiente y con final propio aunque protagonizadas por un mismo actor, Diomedes de Atenas, y ambas son las únicas que ha dedicado a este personaje, que es por lo que las reseño juntas.

Es la tercera novela que leo de esta autora, que ha escrito un total de seis: “El salón de ámbar” (1999), que no tengo el gusto –o disgusto según parece por las reseñas existentes- de haber leído, “Iacobus” (2000) que dejó poco recuerdo en mí tras leerla, “El último catón” ( 2001) que me pareció entretenida y algo ingenua y repetitiva, pero competía con “El código Da Vinci” que me leí por la misma época y, claro, ganó, “El origen perdido” (2003), "Peregrinatio" (2004) que creo que va sobre el Camino de Santiago y las críticas que he leído no la dejan en muy buen lugar, "Todo bajo el cielo" (2006) que tampoco he leído, y "Tierra firme" (2007) que también desconozco aún.
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Nos cuenta la historia de una arqueóloga treintañera, Johanna, que está algo obsesionada con las piedras desde que era niña, a cuenta de un sueño que tuvo a la tierna edad de 8 años durante una visita al Monte San Miguel, en Normandía. En este sueño se le aparecía, tras la horrible visión de un crimen, un monje sin cabeza que le decía: “Ad accedendum ad caelum, terram fodere opportet” (Hay que cavar la tierra, para acceder al cielo).
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Me ha parecido un buen libro, bien escrito, ameno y de fácil lectura, con buenas dosis de acción, intriga, misterio y asesinatos varios. Los personajes me han gustado, bien modelados, con roles definidos y personalidades que encajan con la realidad de lo que representan. El argumento, sencillito, como cualquier otra novela de misterio, pero bien tramado y enlazado con el discurrir de la historia. El final de la novela, si bien no resulta sorprendente, tampoco se puede decir que fuera exactamente previsible.
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Las excentricidades de Da Vinci están dando mucho juego a nuestros literatos. Vale, es de esos libros.... Nos cuenta la existencia de un código secreto ideado para comunicar una forma herética de entender la religión, representado en los cuadros del genial y polivalente Leonardo. Poco alpiste para tantos pájaros.
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Mejor, considerablemente mejor escrito que “La Hermandad de la Sábana Santa”. Éste, además de entretenerme, me ha parecido mejor elaborado. Me ha dado la sensación de estar leyendo una novela de ficción, y no un extenso artículo elaborado con prisas. Los personajes tienen más consistencia, más fuerza, y sus personalidades están mejor adaptadas.
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Me lo he leído en dos días, y eso que no soy rápida leyendo. O sí. La verdad es que soy ansiosa. Tengo tanto por leer y tan poco tiempo para hacerlo, que me acomete una angustiosa ansiedad cada vez que abordo un nuevo libro: por una parte quiero terminarlo enseguida para poder empezar otro, y por otra no quiero que termine, si me está gustando. Una locura que me acompaña desde que recuerdo.
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